lunes, 11 de marzo de 2013

Recurrente

Llevo días dándole vueltas a un asunto...
echada en mi cama, sentada en la micro, tomando una cerveza, etc... y no consigo entender en qué mierda estaba pensando cuando decidí que todo lo acontecido tiempo atrás era una buena idea para mí.
Quizá me merezco el premio a la gran estúpida de estos cuatro o cinco últimos años, un reconocimiento aunque sea por el mérito de ser tan ingenua.
Y todavía no lo entiendo ¿En qué habré estado pensando cuando decidí acabar conmigo de esa forma?
En realidad no sé si habré estado pensando... yo creo que no.
Debí estar en un sueño realmente muy profundo como para permitir a ojos cerrados que me destrozaran el corazón de esa forma tan repetidamente ridícula. Realmente debí estar demasiado sorda para no escucharme; porque, dejemos las cosas claras: En el fondo uno siempre sabe cuando está metiendo las patas a fondo. A uno le encanta meter los pies, la cintura y todo el cuerpo al barro y en medio del frío a sabiendas de las consecuencias.
No sé en qué estaba pensando cuando me rendí a la vaga evidencia de que quizá todo podía ser diferente ahora.
¡Qué frustración! ¡Qué rabia! ¡Qué desolación! y podría seguir con exclamaciones parecidas sin acabar de expresar satisfactoriamente todo lo que siento a estas altura.
Paso horas dándome vueltas en la cama, tratando de entender qué pasó; en qué parte del plan perfecto todo empezó a fallar. En qué palabra, en qué mirada, en qué sonrisa me condené a este destierro y no puedo precisarlo. Es entonces que el torturarme se me hace recurrente.
No soy capaz de atribuir culpas ni disculpas, no soy capaz de olvidar y las horas se me van tatuando en la piel sin misericordia, perdiendo días y noches en una batalla que no tiene oponentes y por lo tanto no tiene ganadores ni perdedores.
Quizá no debería recibir un premio, más bien deberían otorgarme una solemne patada en la raja por huenoa y lo asumiría con un premio absolutamente merecido.
Consciente de que pierdo el tiempo le doy vuelta la página a las semanas y preparo mis armas para desarmarme ante la primera arremetida de sus palabras, pero ya lo he dado por hecho y lejos de tener miedo me resigno a esperar que estas preguntas (que seguramente no se responderán) tomen retirada y dejen de bailarme en los sueños y en los desvelos.